Es necesario reconocerlo: 83 puntos son un logro de una magnitud asombrosa, un evento histórico que merece un reconocimiento incondicional.
Bam Adebayo, de los Miami Heat, acaba de protagonizar el segundo partido con mayor anotación en la historia de la NBA, llevando a su equipo a la victoria sobre los Washington Wizards. Sus estadísticas parecen sacadas directamente de un videojuego.
Treinta y seis tiros libres convertidos de cuarenta y tres intentos. El resultado: 83 puntos.
Y es precisamente aquí donde radica el inicio del problema, que, por cierto, no tiene nada que ver con el propio Adebayo. El problema está en el sistema.
La NBA moderna ha inclinado tanto la balanza hacia la ofensiva que noches tan prolíficas como esta parecen casi inevitables. El ritmo de juego se ha acelerado, el espacio en la cancha se ha ampliado y los defensores apenas pueden acercarse a un jugador ofensivo sin que suene el silbato del árbitro.
En cuanto un jugador se enciende, la avalancha comienza. Los tiros libres se acumulan, los triples vuelan hacia la canasta, las posesiones se multiplican. De repente, alguien se acerca al territorio de Wilt Chamberlain, un terreno que antes era sagrado. En cambio, la liga se ha transformado poco a poco en un desfile ininterrumpido de anotaciones.
El comisionado Adam Silver ha pasado años fomentando el ritmo rápido, el espacio y el juego ofensivo. El resultado han sido números explosivos, erupciones estadísticas nocturnas y marcadores que se asemejan más a totales de videojuegos arcade que a un verdadero baloncesto de la NBA.
Sin duda, el nivel de talento de los jugadores hoy en día es increíblemente alto, quizás más que nunca. Sin embargo, el baloncesto, por su propia naturaleza, debería ser un equilibrio. Actualmente, la balanza está claramente inclinada.
Jugar a la defensa nunca ha sido tan difícil. La fisicalidad está desincentivada, y el silbato del árbitro, con demasiada frecuencia, dicta el ritmo del partido.
Silver consiguió el masivo acuerdo televisivo que la liga deseaba. Ahora es el momento de arreglar el producto. Hay que hacer algo. Lo que sea. Permitir que los defensores vuelvan a defender. Moderar un poco el uso del silbato. Restablecer el tan necesario equilibrio entre ataque y defensa.
Porque, para ser honestos, todo esto está empezando a parecer una especie de truco o artimaña. Se puede amar la NBA y aun así decirlo. De hecho, el amor por la liga es precisamente la razón por la que debe decirse.
